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Caronte
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Caronte

Otra vez el semáforo en rojo. El tráfico es terrible. Voy a llegar tarde a casa. Paseo mi vista y me doy cuenta de que el auto frente a mí es familiar. Seguir mirando me delatará. Vuelvo a mirar hacia el horizonte, pero un claxon llama mi atención. ¡Oh, no! Ya me vio. Lo miro a través de la ventana y él, con su mirada, me ordena subir.

Miro el sol poniente una vez más y subo a su coche. Huele a aromatizante floral. Él está vestido impecable. ¿De dónde vendrá con ese saco negro? Se quita las gafas de sol para mirarme. ¿Habría sido mejor rechazar la oferta y seguir esperando el camión en esta parada pública atiborrada de gente? Afuera, todo es horrible: el calor, el olor, el ruido, la espera terrible de un camión que tal vez esté detenido algunos kilómetros muy lejos, en medio del tráfico.

Me entrego a las delicias de un asiento cómodo y un pasaje fresco. Sus ojos me siguen mirando. ¿Acaso me preguntó algo y está esperando respuesta? Me muerdo un poco el labio y pruebo el sabor de la sangre.

Aún recuerdo los hábitos de nuestra vieja relación. Los viejos dilemas me persiguen: pasado o futuro. Tuve que dejar todo atrás y continué sola, pero con mis estudios. Pero él sigue ahí. Vamos en paralelo. El futuro es etéreo y aburrido. El pasado es ineludible. Es un recuerdo que aún cosquillea en mi piel.

El presente, en cambio, es eterno. ¿El presente eterno? ¡Más bien, el tráfico es el que parece eterno! Se avanza muy lentamente, pero un auto comienza a rebasar gente, a pitar como loco y yo digo en voz alta: «¡Se quiere matar!».

Jesús pone cara de fastidio cuando el auto pasa junto a nosotros para escabullirse por un carril inexistente. Él también solía manejar así. No que fuera totalmente malo. Solíamos hacer la mitad de tiempo de trayectos, por más complicados que fuesen. Yo también aprendí a manejar rápido. Pero todo eso ya quedó atrás. Dos exes no deberían convivir tan casualmente como nosotros, ¿o sí? De pronto, pone música. Es cierto, el silencio es incómodo. Pero luego extiende su mano hacia mí. En mi pecho, mi corazón palpita.

No, no puedo.

No debí haber subido.

No sé qué hacer.

Él voltea y su sonrisa burlona me regresa de mi ataque de pánico. Con un movimiento rítmico frota sus dedos pulgar e índice, mientras los otros tres permanecen flexionados sobre la palma. El ademán clásico de dinero.

¡Dinero! Vaya manera de quebrar un momento tan serio y dramático.

Saco una moneda de mi bolso: el pago por el *ride *y la música. No quiero volver a tocar su mano nunca más, así que guardo la moneda en la caja que oculta el reposabrazos.

No debí haber subido.

No me vuelve a mirar. Sabe que estoy enojada, pero no puedo bajarme del coche.

Afuera, el tráfico está en su punto menos álgido. Sólo un carril funciona. La otra parte de la calle está tapada por carros y camionetas que pertenecen a la policía, a la policía de tránsito, a la Cruz Roja, a la aseguradora. Luego, un carro completamente volteado. Las ventanas están rotas y los cristales desparramados por el piso. Sólo un poco más adelante del carro, una sábana, desplegada sobre el cemento. No, no sobre el cemento, sobre un cuerpo que se adivina recostado en el pavimento.

El sol termina de meterse entonces. Extraño su calor. Trato de que no castañeen mis dientes cuando pasamos junto a la escena del accidente.

El trayecto a partir de ahí se vuelve mucho más rápido, pero estoy más incómoda que nunca. Tengo frío, me llega un olor a putrefacto espantoso, la música tétrica del altoparlante es una canción que siempre odié.

Quiero llegar a casa. Más que nunca añoro el futuro; no el futuro lejano, sino el futuro cercano: en diez minutos podré llegar a casa, quitarme el uniforme, meterme a la cama y simplemente dormir. Dormir todo lo que se pueda.

Él no me dirige la palabra. Su silueta en el rabillo de mi ojo es oscura.

Ya ni hay música ni hay nada.

Diez minutos se extienden por siglos.

Tengo tantas ganas de dormir.

Diez minutos se extienden por siglos.

¿Por qué yo? ¿Quién decidió que hoy era mi turno para morir?

No debí haber subido.

30 de enero de 2023 Ana Luna Cuento Número 12 Fantasía Drama

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