blurred-La espera incierta
La espera incierta
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La espera incierta

Los rostros de Israel, Gera y Carlos dejaron de sonre√≠r cuando un vigilante con aspecto de enojo, en cierto estadio de f√ļtbol, les inform√≥ que la venta de boletos se hab√≠a agotado. Israel, desesperado, afirmaba que era mentira, que a√ļn hab√≠a boletos. No le importaban las inclemencias del tiempo ni el cansancio f√≠sico que se postergar√≠a hasta las nueve de la ma√Īana del d√≠a siguiente. Ya hablaba con otro vigilante, ya le silbaba al que estaba al lado, con tal de despertar en ellos el m√°s m√≠nimo gesto de atenci√≥n, para convencerlos de permitirles el paso a las afueras de las taquillas.

La importancia de llegar a la ansiada fila y el reto de ser de los primeros en conseguir esa entrada a la gran final, se manifestaba en el frenes√≠ de Israel. Cabizbajo y golpeando levemente con su cabeza la reja que le imped√≠a la entrada, oy√≥ una voz suave, tan sutil como la brisa que soplaba a medianoche: ‚Äú¬Ņqu√© te pasa, amigo? ¬°√Ānimo, despu√©s de las cuatro de la madrugada se abrir√°n las puertas, adem√°s, al parecer s√≠ hay boletos!‚ÄĚ

Con una mirada de asombro se le desvanecieron las l√≠neas que hac√≠an dobleces en su frente e inmediatamente le contest√≥: ‚ÄúKarla, ay√ļdame. Yo estudio en la universidad, estoy en octavo semestre, soy un fan√°tico de los Tigres, siempre vengo a los partidos. S√≥lo t√ļ puedes ayudarme‚ÄĚ, mientras le acariciaba la mano izquierda. La mujer uniformada, emitiendo una sonrisa sarc√°stica, se dio la media vuelta, dej√°ndolo en el sitio donde lo encontr√≥.

Despu√©s de tres horas, el grupo de fan√°ticos sigui√≥ creciendo. Ahora, los tres amigos intercambiaban experiencias de sucesos futbol√≠sticos, an√©cdotas personales y comentaban las aptitudes de los dos equipos que disputaban la final a√Īorada, con dos personas que ven√≠an de la ciudad de Reynosa, un hombre y su hijo de tan solo 11 a√Īos, adem√°s de un par de adolescentes. Esto lo hac√≠an entre bocanadas de humo de cigarro, risas burlescas y silencios abruptos (debido a la espont√°nea camarader√≠a), todos contagiados por la misma pasi√≥n.

A las cuatro de la madrugada, los carros ya encendidos se preparaban para ingresar al interior del estacionamiento del estadio. El anhelo de estar a cien metros de las taquillas estaba por cumplirse. De pronto, el portón se abrió y permitió el acceso a los desesperados fanáticos, quienes al llegar al tan esperado lugar, se dieron cuenta que ya existía una enorme fila de hinchas buscando el mismo fin.

M√°s de ciento cincuenta personas abrumaban los sue√Īos de poder adquirir entradas al estadio. Al momento de llegar a la fila preciada, el cruce de miradas no se hizo esperar entre los ya establecidos y los reci√©n llegados. El lugar parec√≠a un refugio de damnificados, m√°s que una fila para ingresar a un espect√°culo, ya que las sillas desplegables, cobertores, mantas, mochilas y botellas vac√≠as adornaban el estacionamiento del estadio en una zigzagueante l√≠nea continua.

Los fan√°ticos se proteg√≠an de la ligera brizna que cubr√≠a sus cuerpos, con dos toldos improvisados; hab√≠a algunos que se arropaban con sus cobertores, tir√°ndose al suelo, imitando a los m√°s desprotegidos; unos jugaban partidos de f√ļtbol informal, llamados cascaritas; otros jugaban con alg√ļn videojuego port√°til; cierto grupo jugaba cartas; e incluso, ante el asombro de muchos, tres j√≥venes desmantelaron el interior de una camioneta para sacar las asientos e improvisarlos en la ya nutrida fila; tambi√©n apareci√≥ un vendedor de lonches y champurrado con el pretexto de contrarrestar el fr√≠o.

Hab√≠a otros aficionados que se manten√≠an de pie, soportando todo y mirando las im√°genes de los jugadores, tal vez rezando plegarias, pero ya no a la Virgen ni a San Judas, ahora, eran dirigidas a San Emanuel Villa o San Jes√ļs Due√Īas, haciendo peticiones para que el equipo quedara campe√≥n y que no los defraudara, jurando que soportar√≠an todo con tal de verlos campeones otra vez. Todo este acaloramiento se produc√≠a para mitigar los doce grados cent√≠grados que envolv√≠an el ambiente de aqu√©l diez de diciembre.

Pasaron las cinco, seis, siete de la ma√Īana y las miradas de los fan√°ticos expresaban esa pesadez, cansancio y fr√≠o que la vigilia les infligi√≥. Ahora el ambiente lud√≥pata se desvaneci√≥, las carcajadas emitidas entre la camarader√≠a incipiente se silenciaron, aunque uno que otro desafiaba el ambiente reproduciendo la m√ļsica de su aparato telef√≥nico. Sin embargo, la famosa fila tambi√©n sufr√≠a de acoso, corrupci√≥n y de incursi√≥n por parte de fan√°ticos improvisados que ten√≠an alg√ļn lazo con miembros adheridos a ella, aliment√°ndola cada vez m√°s a pesar de las protestas de los primeros sesenta aficionados.

Carlos se mantenía en pie, Israel, cuyo ánimo decayó, se fue a refugiar a su auto, mientras Gera, sentado en su silla desplegable, se cubrió con su cobertor que pesaba el doble debido al agua acumulada del rocío de la madrugada.

‚Äú¬°Ah√≠ viene Televisa! ¬°Ah√≠ viene tambi√©n TV Azteca!‚ÄĚ grit√≥ un aficionado. ‚ÄúYo creo que s√≠ va a haber boletos. Puro rollo que se acabaron‚ÄĚ asever√≥ otro, al mismo tiempo que volteaba a ver de manera retadora a la gran manta que estaba al frente de la hueste de aficionados, donde se apreciaba en letras negras delineadas con amarillo la siguiente informaci√≥n: ‚ÄúBoletos agotados‚ÄĚ. Mientras, uno que otro se sorprend√≠a al revisar la hora a trav√©s de sus celulares: ‚ÄúYa son las siete y media. Ya falta poco‚ÄĚ.

Despu√©s de las nueve de la ma√Īana comenz√≥ la rechifla, cuando un empleado del lugar les advirti√≥ que pasaran a retirarse a sus casas, que ya se les hab√≠a advertido que ya no hab√≠a boletos, acompa√Īado de un grupo de polic√≠as que lo custodiaban. En eso, ya habiendo regresado de su auto, la furia de Israel no se hizo esperar, haciendo a un lado la manta que lo proteg√≠a de la insistente lluvia y, manifestando su enojo, comenz√≥ a gritar: ‚ÄúNo es justo, no se vale. No puede ser que todo el estadio tenga abono. Ustedes son los que fomentan la reventa‚ÄĚ.

Al mismo tiempo, el paciente Gera, sin perder los estribos, trataba de apaciguarlo, dici√©ndole: ‚ÄúYa, Israel, c√°lmate. Te dije que nos arriesg√°bamos a esto, al venir a hacer una espera incierta‚ÄĚ.

Ahora, la acosada y prostituida fila comenzaba a adelgazarse, poco a poco. La mayoría de los fanáticos, desconcertados, se retiraban del lugar, a pesar de escuchar a los más aguerridos gritar un sin fin de alusiones despreciativas hacia la madre del empleado. Mientras tanto, a través de bocanadas de humo, Carlos les decía a sus dos amigos que volverían para la siguiente temporada.

29 de junio de 2017 Juan Manuel Noriega Cuento N√ļmero 7

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